
Descanse, soldado
- Isabel Sagala
- 4 jun 2023
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 22 ago 2025
Él lo sabía:
la lluvia amortigua el ruido.
Veía la masacre frente a sus ojos,
pero no escuchaba gritos ni llanto.
Mientras su visión se teñía de sangre,
la lluvia lo empapaba todo.
"El agua me deja sordo", pensó.
“Lo que veo está... lo que veo es”,
y no era.
Bajo las sábanas frías se torturaba:
“Un campo de batalla no cabe en un cuarto.
¿Qué hace una cama en la guerra?
¿Por qué estoy empapado si estoy dentro?”.
Entonces se descubrió el rostro
y se halló en la bañera, desnudo.
No había masacre, tampoco lluvia.
Salió temblando
y se tiró en la cama sin secarse.
Pero el agua volvió,
más pesada y fría.
Se levantó de un salto
y otra vez estaba en el campo:
nadie peleaba, yacían en calma.
La lluvia se mezcló con la sangre,
la sangre se mezcló con el barro
y el barro se mezcló con su cuerpo
cuando cayó de rodillas sobre él.
Cavó con las manos, desesperado:
"Mi cama, la tina, yo".
Nada encontraba.
Cavó hasta quedarse en penumbra
y sintió que algo le ceñía la cintura.
Lo lastimaba y le raspaba la piel.
Una cuerda roida lo jalaba hacia arriba,
de la nada hacia otra nada.
Entonces sopló un viento...
Siguió en tinieblas,
esperando hallar un alguien,
encontrar un él.
A medio camino, la cuerda se rompió.
Sintió su corazón detenerse.
La soltó y la extrañó.
Extrañó su cama húmeda,
la bañera con sábanas frías,
los muertos bajo la lluvia.
Quiso volver, vestirse,
ser real otra vez.
Entonces, una chispa se encendió.
No era esperanza, sino algo tangible.
El corazón muerto ardió,
se hizo la luz en la alcoba.
“Al fin”, exhaló.
Mientras ardía en la paz...
que siempre había deseado.




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