Felicidad
- Isabel Sagala
- 16 may 2022
- 2 Min. de lectura
—¿Porqué intentas alcanzar la felicidad?— le preguntó un hombre mayor a un joven que se encontraba trabajando minuciosamente en su estudio.
—¿Acaso no todos lo hacen?— cuestionó este con una sonrisa inocente.
—Por supuesto que sí, pero es imposible— respondió el hombre analizando el escritorio del muchacho.
—Bien, lo tendré en cuenta mientras la busco— continuó el chico mientras organizaba sus notas.
—Reuniste mucha información inútil, nunca la encontrarás— siguió criticando el hombre mientras observaba con desprecio su trabajo.
—Sí, sí, por que es imposible, ¿verdad?— expresó el muchacho sin hacerle mucho caso.
—Hay más razones... es prácticamente inalcanzable— dijo el hombre con suma seriedad.
—Entonces, ¿no es eso al menos una oportunidad?— preguntó el muchacho con optimismo.
—Es una falsa esperanza, como un señuelo, pero mucho peor— aclaró mientras se dirigía al sillón ubicado en la esquina del estudio.
—¿No deberías mejor decir que moriré en el intento o algo así? Estas exagerando— siguió el joven con tono burlesco.
—Es más cruel que eso, te hace creer que la tienes y mueres dándote cuenta de que en realidad nunca la tuviste. Nunca tendrás todo lo que quieres, ese es el engaño. — El hombre miraba cabizbajo algún punto invisible el suelo.
—Eso no es felicidad... — murmuró el chico de manera inconsciente.
—¿No te haría feliz tener todo lo que quisieras cuando lo desearas?— le cuestionó el hombre directamente despegando la mirada del piso.
—¡Claro! Pero yo hablo de felicidad, no de magia. Hablo de la verdadera felicidad, esa que toda la gente tiene sin darse cuenta. Esa que aún yo no logro ver... ¡La misma que tú no ves!— afirmó el menor harto de sus burlas y malos comentarios.
—Mi esposa, mi hijo, y ahora que estoy viejo hasta la vida a mí se me irá ¿Qué felicidad hay en eso?— El rostro del hombre oscureció repentinamente.
Se hizo una pausa incómoda entre los dos. El otro no contestó de inmediato pues no tenía ni idea de que decir ante eso, aquello era natural, inevitable y por supuesto doloroso.
—La que hizo... que toda esa tristeza fuera posible— empezó el muchacho con lentitud. _La que apareció el día en que tú y tu esposa se conocieron, la que llegó el día en que viste a tu hijo por primera vez... y finalmente la que tendrás cuando llegue tu hora de tomar un descanso; ese triste pero necesario final que te hará apreciar todo lo anterior.
—¡No quiero simplemente apreciarlo! ¡Quiero tenerlo!— gritó el hombre con desespero levantándose bruscamente del sillón.
—Eso... sí es imposible.— El joven se le acercó indeciso sorprendido por su reacción y lo tomó del hombro para calmarlo. —Tuviste felicidad y la perdiste, no por eso es inalcanzable, porque entonces tú jamás la hubieras tenido... y perderla no significa que no podrás encontrarla de nuevo.— El joven apartó su mano y le sonrió.
El hombre guardó silencio y se marchó. Mientras cruzaba la puerta para salir de aquel pequeño estudio un recuerdo asaltó su mente de pronto. Una sonrisa de un chico igual de ingenuo. Y luego otra sonrisa, aún más encantadora y delicada que la primera.
Sin darse cuenta el hombre también sonrió, cerró la puerta lentamente deseando que aquel extraño joven al que ahora le daba la espalda, pudiera encontrar algún día una felicidad tan grande como la que sentía en ese momento, gracias a él.





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